Ojalá encontrara palabras optimistas para repartirlas como caramelos que tienen envoltorio de colores.
Pero no las tengo.
La realidad cae con su puño de acero así que, con suerte, mantengo la dirección y el timón, no hay más marinero ni capitán que yo.
No hay Dios que acuda cuando le rezo, ni ungüento mágico que sane las enfermedades graves, no hay más que un puñado de buenas intenciones, un montón de personas que no saben qué decir para animarme y unos cuantos recursos a los que se puede acudir, pero que no cambian en absoluto el meollo de la cuestión.
La realidad de unos tiempos duros que no parecen querer terminar, y que, aunque terminen, implican dolor igual. De modo que no hay salida porque cualquier puerta desemboca en mal lugar.
La vida nunca es como la esperas.
Desde luego nadie imagina vivir esto, aunque soy consciente de no ser la única persona que vive así. Convivo en cierto modo con la muerte desde hace tiempo. Enfermedad es una palabra habitual en mi vocabulario hace muchos años.
Me doy perfecta cuenta de que cada uno sigue con su papel asignado, que no se puede saber cuál es una situación si no se ha vivido, por más que trates de explicarlo.
La única impresión que puedo sacar de todo esto es que soy la única dueña de mi destino, salvo males mayores que aparezcan tarde o temprano.
Da gracias por tener techo y por tener alimento. Da gracias por poder acudir al médico. Da gracias por poder ver cómo avanzan las enfermedades en un cuerpo.
Dice Viktor Frankl que todo en la vida puede soportarse si se tiene una razón para ello, si se encuentra un sentido.
Mi problema es que estoy perdiendo de vista ese sentido. Ya no lo veo. Antes sí, ahora ya no.
Ha dejado de importarme el mundo y su circunstancia. El sufrimiento ajeno. No me quita el apetito la desgracia de los demás, sino la propia.
Debo ser un paciente jugoso para un psiquiatra. Tal vez no, tal vez tienen demasiados.
Al fin y al cabo los hospitales están llenos de ellos. De gente enferma. De abandonados. De pobres y desheredados. Los miserables que no importan a nadie.
Como tampoco los demás importamos.
Cada uno sigue su papel establecido, hasta que el telón cae de nuevo contra el escenario.
Si un psiquiatra leyera esto diagnosticaría agotamiento y depresión, síndrome del cuidador o no sé qué más cosas, la realidad es que tampoco eso cambiaría la situación, porque enferma o no, la función continúa, debo encontrar el guión y el vestuario mientras se encienden las luces de este teatro. Tampoco tiene importancia si se puede resistir o no. En realidad estamos capacitados para soportar males indecibles y situaciones desesperadas. Más allá de la propia voluntad.
En cierto modo no existe libre albedrío ni voluntad, porque no tenemos un botón de apagado.
Si Dios no decide por mí... si tampoco puedo hacerlo yo. ¿Qué hay detrás de todo esto?
Tal vez con el tiempo pueda llegar a entenderlo.
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